Tomado de www.toroszgz.org

ORÍGENES

 Gregorio Vázquez formó su ganadería en Sevilla en el año 1755 con reproductores de procedencias variadas y confuso origen, aunque podrían derivar en su mayoría de las ganaderías creadas por los monjes andaluces, principalmente los cartujos y los dominicos.

 

No obtuvo éxitos de gran relevancia como ganadero, a diferencia de su hijo Vicente José, que heredó la vacada en 1778 y la seleccionó hasta convertirla en una de las más importantes de su tiempo, recibiendo la consideración de Casta Fundacional de la ganadería brava española.

 

Vicente José Vázquez estaba dotado de tanta intuición ganadera como de posibilidades económicas y desde el principio se trazó como meta conseguir la fama y el reconocimiento de los aficionados, a base de materializar el mejor toro posible para la lidia.

 

La teoría de Vicente José Vázquez consistía en cruzar ejemplares de las mejores ganaderías existentes por entonces para unificar en los toros de su hierro las cualidades de unos y otros.

 

Para lograrlo no reparó en utilizar los abundantes medios de todo tipo que tenía a su alcance, adquiriendo reproductores de los hierros más famosos de la época.

 

Empezó añadiendo a las reses de su padre ejemplares adquiridos a otros criadores que pudieran interesarle para mejorar el conjunto de su vacada, pero pronto se dio cuenta de que este camino era lento y permitía pocos avances, porque los propietarios de las mejores divisas no solían prestarse a vender sementales ni vacas a otros ganaderos, que en el futuro podían ser duros competidores.

 

Para sortear esta dificultar decidió arrendar a la Iglesia Católica el cobro de diezmos durante varios años. Vázquez adelantaba determinadas cantidades equivalentes al valor de las reses que el clero tenía derecho a percibir como impuesto de los ganaderos y luego se hacía cargo de los animales.

 

De esta forma adquirió un buen número de reproductores de las ganaderías del Marqués de Casa Ulloa, de Becquer, de Cabrera y hasta del ganadero más importante de entonces, el Conde de Vistahermosa.

 

Las reses de Ulloa, Cabrera y Becquer tenían un origen bastante similar, derivado de las ganaderías que poseían los frailes, aunque ya por entonces presentaban algunas diferencias apreciables en cuanto a sus características morfológicas y sus cualidades para la lidia.

 

Así, los tratadistas de la época afirman que los ejemplares procedentes del Marqués de Casa Ulloa eran predominantemente de pelajes negros y berrendos en negro, resultando fieros y pegajosos durante la lidia. Los derivados de Becquer eran predominantemente castaños y complicados de lidiar, mientras que los originarios de Cabrera presentaban una considerable variedad de pelajes y destacaban por su gran tamaño y por su fortaleza y capacidad para desarrollar sentido.

 

Vázquez integró todos los ejemplares de estos orígenes en su vacada y los homogeneizó con los que ya poseía con anterioridad, pero no debió quedar muy satisfecho con los resultados y por ello concentró sus esfuerzos para conseguir sementales y vacas del Conde de Vistahermosa, que destacaban de las restantes ganaderías por su bravura más homogénea, su mayor duración y capacidad de embestir durante la lidia, especialmente en el último tercio.

Cuando consiguió por fin materializar su intención y dispuso de un buen número de cabezas del hierro de Vistahermosa, fue seleccionandolos ejemplares con especial habilidad y consiguió en muy poco tiempo definir un prototipo especial de vacuno, muy al gusto de los aficionados y muy apto para la lidia en los finales del siglo XVIII, durante todo el siglo XIX y, ya más evolucionado, durante la buena parte del XX.

 

Gracias a la aportación de los reproductores de Vistahermosa, los toros vazqueños adquirieron rápidamente fama y fueron considerados como bravos, duros para la lidia, con poder y resistencia. Muy espectaculares en su pelea durante el tercio de varas, tenían tendencia a aplomarse en la fase final de la lidia como consecuencia del agotamiento acumulado.

 

No obstante, estaban considerados como ejemplares nobles y que no creaban excesivas dificultades a los diestros, resultando en general menos complicados que los de Cabrera, Jijón o Gallardo, por citar tres de los ejemplos más representativos de entonces.

 

Morfológicamente, los vacunos vazqueños eran de talla media, intermedios entre los de Cabrera y los derivados de Vistahermosa. Estaban bien armados, eran anchos y de buen trapío en general. Por encima de sus restantes características étnicas resultaban especialmente llamativos por la variedad de sus pelajes, jaboneros, cárdenos, colorados, castaños, berrendos, ensabanados, sardos, salineros, tostados y negros.

 

Vicente José Vázquez mantuvo la ganadería hasta su muerte, ocurrida en 1830, cuando ya llevaba en su poder cincuenta años. Durante este periodo se mantuvo siempre en primera línea y supo adaptarse a las circunstancias de cada momento.

 

Vázquez logró asimismo tener la ganadería más grande de toda la historia del vacuno bravo, que estuvo integrada en algunos momentos por trece mil cabezas, dos mil de las cuales eran toros de entre cinco y trece años, y otras ocho mil, vacas de vientre. A la muerte de Vázquez la vacada ya se había reducido considerablemente, a pesar de lo cual contaba en el inventario con cuatro mil setecientas noventa y dos reses.

 

Las ramas de la Casta Vazqueña

 

Tras la desaparición de Vicente José Vázquez, la ganadería que había creado y situado entre las más destacadas de la historia de la tauromaquia fue vendida en varios lotes. El proceso de liquidación de la larguísima vacada fue bastante complicado y se demoró durante varios meses. Vázquez no tenía herederos directos y su situación económica al morir era un tanto compleja.

 

Al parecer poseía un amplio patrimonio pero poca liquidez, razón por la cual hubo de nombrarse un juez testamentario encargado de la venta de sus bienes, para hacer frente a los pagos pendientes por arrendamientos de fincas, compras de forrajes y piensos y pago de sus numerosos vaqueros y criados.

El General Quesada, responsable de la liquidación de los bienes de Vázquez, recibió la orden de retardar indefinidamente la venta de la ganadería a la espera de que el rey Fernando VII decidiera finalmente si adquiría o no una parte de la misma.

 

Por esta razón los restantes interesados en la compra tuvieron que esperar la decisión real, para luego poder acceder a la parte de la ganadería restante, una vez que ésta había sido expurgada por los representantes del monarca.

 

La Rama de Veragua

 

El rey Fernando VII comisionó a Fernando Criado Freire, su asesor en asuntos ganaderos, para representarle en la operación de compra y éste pactó con los vendedores la elección de los animales mediante tienta. Seleccionó cuatrocientas vacas entre las mil quinientas que fueron tentadas. Doscientas noventa y cuatro de las hembras elegidas estaban horras y las ciento seis restantes iban paridas. Además Criado Freire compró para la Casa Real otros ciento treinta animales de dos años, entre machos y hembras, treinta y ocho utreros y veintisiete cabestros, que constituían el núcleo más importante de lo que había sido la ganadería de Vázquez.

 

Todos estos ejemplares fueron trasladados desde Andalucía hasta la localidad madrileña de Aranjuez y sus alrededores, donde quedó instalada la Real Vacada, integrada en sus comienzos por unas setecientas cabezas, contando las rastras de las vacas paridas.

 

Fernando VII pudo disfrutar de la ganadería durante poco tiempo, ya que falleció en 1833, pasando inmediatamente la misma a la Reina Regente, María Cristina, que no sentía la menor vocación taurina, ni ganadera. Un año antes el monarca regaló cincuenta vacas y dos sementales a su sobrino Miguel de Portugal, Duque de Braganza, que fundó otra divisa en el país vecino.

 

Durante los años que se mantuvo la Real Vacada estuvo administrada primero por Lorenzo Gómez y luego por el Marqués de Gaviria, también ganadero. En este periodo se efectuó un cruce con cuatro sementales de la ganadería de Julián Fuentes y otros seis de la propia de Gaviria, derivados unos y otros de Casta Jijona.

 

En 1835 quedaron como propietarios de la ganadería los Duques de Osuna y de Veragua, aunque fue este último quien se ocupó siempre de atenderla. La vacada estaba integrada entonces por cuatrocientas ochenta y ocho cabezas, sobre las cuales se practicó una rigurosa selección. Lo primero que hizo el Duque de Veragua fue eliminar todas las reses procedentes del cruce con los toros de Casta Jijona volviendo a mantener el origen “vazqueño” en solitario.

 

Igualmente, como no se fiaba de la selección practicada por los responsables de la ganadería en la etapa anterior, eliminó todas las hembras marcadas con el hierro de la Real Vacada, que tenían menos de cuatro años y conservó solamente las vacas de Vázquez, cuya edad oscilaba entre los ocho y los doce años aproximadamente.

 

La sociedad mantenida por los nuevos propietarios se mantuvo hasta 1849, año en el que el Duque de Veragua quedó como único dueño de la divisa, manteniéndola en su poder y en el de sus dos sucesivos herederos hasta 1927.

 

Durante los setenta y ocho años que la ganadería perteneció a los Duques de Veragua logró alcanzar las máximas cotas de prestigio, vendiendo reproductores para otras muchas vacadas de España, Portugal, México y Colombia y rivalizando con las más famosas.

 

Los toros de Veragua destacaron en los ruedos por muchas razones tales como su espectacularidad en la lidia y la brillantez de su pelea con los picadores, que siempre les hizo figurar entre los predilectos de los aficionados.

 

De igual forma, su excelente trapío y la variedad de sus pelajes contribuyeron siempre a completar la imagen típica de los “veraguas” y su personalidad en los ruedos. Los toros del Duque presentaban la totalidad de las capas que hoy se conocen en el vacuno de lidia y eran tan distintos unos de otros que su propietario no necesitaba marcarles un número de identificación individual en el costillar o incluso en la nalga, tal y como hacían muchos ganaderos antiguamente. Se limitaba a colocarles la marca de la ganadería en diferentes lugares del cuerpo e incluso en distintas posiciones y de esta forma, sólo con el hierro de la casa, podían distinguirse todos los ejemplares que integraban cada carnada, sin riesgo de equivocarse.

 

El Duque de Veragua vendió su ganadería en 1927 a Manuel Martín Alonso y tres años después éste se la traspasó a Juan Pedro Dornecq Villavicencio, que pronto inició un proceso gradual de eliminación de la sangre de Veragua, cruzándola y sustituyéndola paulatinamente por ejemplares de Mora y Figueroa y del Conde de la Corte, derivados de Vistahermosa.

 

El cruce por absorción se ha seguido aplicando de forma permanente, de forma que las ganaderías derivadas de Domecq existentes en la actualidad tan sólo conservan mínimos vestigios de la sangre “veragüeña”, que se manifiesta en la aparición esporádica de algunas reses de pelo jabonero, ensabanado, sardo o salinero.

 

No obstante, la extinción del encaste Veragua no ha llegado a ser total, ya que durante los años cuarenta y cincuenta, la familia Domecq vendió distintos lotes de reses, algunos de los cuales se conservan aún en manos de sus nuevos propietarios o de los herederos de estos. La mayoría proceden de la parte que correspondió a Salvador Domecq, quien se la vendió a José Enrique Calderón y, a través de este ganadero, se difundió durante los años cuarenta y cincuenta para ir remitiendo con posterioridad, de forma que hoy el principal núcleo de reses “veragüeñas” es el que subsiste en la divisa de Tomás Prieto de la Cal.

Del mismo tronco Vazqueño que la rama Veragua, derivan las de Ciguri, Braganza y Trespalacios.

El rey Fernando VII vendió un centenar de vacas de desecho y ocho sementales a su hermano el infante Francisco de Paula, el cual no llegó siquiera a lidiar reses en plazas de toros y muy pronto vendió la ganadería a Manuel Francisco Ciguri. En la actualidad esta línea se encuentra extinguida por completo.

 

La línea de Braganza se creó en Portugal, a partir del lote de cincuenta hembras y dos sementales que Fernando VII cedió a su sobrino, Miguel de Portugal. Posteriormente, a comienzos del siglo XX, la Real Casa Portuguesa adicionó vacas de Veragua y efectuó un cruce con sementales de Eduardo Ibarra, derivados de la casta Vistahermosa.

 

Tras cambiar de dueño un par de veces, la divisa quedó en poder de Curro Chica a principio de 1940. En los años que la tuvo este ganadero alcanzó cierto prestigio y vendió varios lotes de reproductores a otros criadores. En la actualidad las reses de este origen constituyen la base de la ganadería de Rancho Sola. También se conserva un lote de ejemplares en las ganaderías de Julio de la Puerta y en la de los hijos de este, los hermanos Puerta García-Corona.

 

La línea de Trespalacios fue creada a finales del siglo XIX con reproductores del Duque de Veragua. El Conde de Trespalacios mantuvo la ganadería hasta 1928, pasando después a Matías Sánchez Cobaleda y dividiéndose luego en cinco porciones, para su viuda y cada uno de sus cuatro hijos.

 

Los distintos lotes fueron desapareciendo o eliminando la procedencia de Trespalacios, que sólo se mantuvo hasta épocas cercanas en las vacadas de Antonio Luis Sánchez y en la de Ignacio Sánchez y Sánchez. Hoy ambas ganaderías han desaparecido y las últimas reses derivadas de Trespalacios se encuentran en las divisas de Hernando Gallego, Valdegalindo, Domingo Tárrega y en alguna ganadería portuguesa, como la de María do Carmo Palha.

 

 

La rama de Benjumea

 

Una vez desgajada de la ganadería de Vázquez la porción principal, que pasó a ser propiedad del rey Fernando VII, la adjudicación de los restantes lotes resultó mucho más sencilla para los encargados de la testamentaría.

 

Otra de las partes adjudicadas, integrada por unas quinientas cabezas, fue para José María Benjumea, que no realizó grandes aportaciones a la vacada y que se mantuvo en los carteles durante el resto del siglo XIX y los primeros años del siglo XX.

 

Durante este tiempo llevó a cabo distintas ventas de ganado reproductor destacando la realizada a José Bermúdez Reina y que, con el paso de los años contribuyó a la formación de la ganadería de Pablo Romero.

 

Concretamente Bermúdez realizó la fusión de estas reses “vazqueñas” de Benjumea con las adquiridas al Duque de San Lorenzo, las cuales derivaban básicamente de la Casta de Gallardo.

A lo largo de los últimos años del siglo XIX, la ganadería de Benjumea fue degenerando progresivamente hacia una mansedumbre difícil de encauzar, hasta que fue adquirida por “Joselito”.

 

El gran torero se vio incapaz para sacarla a flote, de modo que optó por vender los machos para la lidia y enviar al matadero la totalidad de las vacas, haciendo desaparecer la ganadería.

 

Actualmente no subsiste ya ninguna res derivada de la antigua ganadería de Benjumea, por lo que esta rama de la Casta Vazqueña se limita ya a un simple recuerdo histórico.

 

 

La rama de Concha y Sierra

 

La tercera porción de la ganadería de Vicente José Vázquez fue adquirida en 1832 por Francisco Taviel de Andrade, que la mantuvo en su poder hasta 1873, año en que fue adquirida por Fernando de la Concha y Sierra, fundador de otra divisa legendaria partiendo de las reses de esta procedencia, a las que adicionó otras de Castrillón, con origen igualmente Vazqueño.

 

Fernando de la Concha y Sierra no pudo disfrutar la vacada durante mucho tiempo, ya que falleció catorce años después de fundarla, pasando primero a su viuda y luego a su hija, que la acreditaron y la mantuvieron en primera línea durante muchos años.

 

La selección practicada por las sucesivas propietarias de la divisa, las viudas de Concha y Sierra, fue siempre encaminada a la consecución de un ejemplar bravo y con transmisión, pero que colaborase al mismo tiempo al éxito de los toreros.

 

En la larga historia de la ganadería, los toros de Concha y Sierra contaron durante mucho tiempo entre los que gustaban a los diestros más destacados, merced a la mezcla de bravura y nobleza que aportaban.

 

A lo largo de toda su historia Concha y Sierra fue una divisa de mucho prestigio y aceptación por parte de los aficionados, de forma que numerosos ganaderos buscaron reproductores de esta vacada para mejorar las suyas propias.

 

La buena marcha que siempre llevó la ganadería de Concha y Sierra se vio bruscamente interrumpida a partir de los años sesenta, a raíz del fallecimiento de su propietaria, Concepción de Concha y Sierra. La vacada cambió de propietarios varias veces en muy poco tiempo degeneró, se vio disminuida considerablemente y en la actualidad sólo se conserva una pequeña porción de la misma, que sigue anunciándose en los carteles con la denominación tradicional de Concha y Sierra.

 

 

La rama de Hidalgo Barquero

 

La ganadería del canónigo sevillano Diego Hidalgo y Barquero fue creada por este hacia 1825 con reses de Giradles, procedentes de Casta Vistahermosa.

Posteriormente, por intervención del General Quesada, testamentario de Vicente José Vázquez, le fueron adjudicados dos sementales de la ganadería que había pertenecido a este último y que cruzó con las vacas de Giráldez.

 

Los dos machos en cuestión eran utreros y tenían el denominador común de m pelaje berrendo en negro, que con el paso del tiempo se convertiría en el más característico de las ganaderías derivadas de Hidalgo y Barquero.

 

En 1841 el canónigo realizó una considerable reducción de su vacada vendiéndola a Joaquín Jaime Barrero. Más adelante sería propiedad de ganaderos tan afamados como José Antonio Adalid, Carlos Otaolaurruchi y José Domecq, que solamente compró un lote de reses de este origen y cuyas descendientes son las últimas de este encaste que aún sobreviven. Hidalgo Barquero se reservó de aquella venta cuarenta vacas y varios machos, a los que añadió más reses de origen vazqueño. El siguiente propietario de la ganadería, Ramón Romero de Balmaseda la amplió en 1860 con algunos restos de la vacada de Cabrera, concretamente los ejemplares que no fueron adquiridos por Juan Miura.

 

Esta segunda porción de la vacada del canónigo Hidalgo Barquero pasó a lo largo de su historia por las manos de Laffitte y del Marqués de Guadalest, extinguiéndose por completo durante el último tercio del siglo XX.

 

En definitiva, el origen básico de la vacada de Hidalgo-Barquero que aún se conserva encuentra a caballo entre las castas de Vistahermosa y Vazqueña, como cruce de una y otra. Con ambas guarda afinidades y mantiene algunas diferencias, que se han fijado posteriormente y dan lugar a un encaste propio, que lleva el nombre del creador de la ganadería. (Ver encastes creados por cruces con la Casta de Vistahermosa).

 

 

La rama de Antonio Mera

 

Antonio Mera creó su ganadería en 1813 con ejemplares del Marqués de Casa Ulloa, adquiriendo en 1824 y 1826 vacas y sementales de la divisa de Vicente José Vázquez, aún en vida de este ganadero.

 

La vacada pasó posteriormente a Juan Castrillón, que vendió un lote de animales a Concha y Sierra. Los sucesivos propietarios de la divisa fueron Eduardo Schelly y Rafael Surga, que la cruzó con sementales de Murube, procedentes de la Casta de Vistahermosa.

 

En 1921 adquirió la vacada Felipe Bartolomé Sanz, que eliminó la anterior procedencia paulatinamente y la fue sustituyendo por la parte de la ganadería de Santa Coloma que le correspondió en el reparto de la misma con su socio, Joaquín Buendía. Actualmente la antigua procedencia de la vacada de Bartolomé está extinguida.

 

 

La Morfología de los vacunos de Casta Vazqueña.

 

Todas y cada una de las procedencias ganaderas tienen su particular sello distintivo, sus características diferenciales y un algo especial que les permite destacar sobre las restantes.

 

En el caso concreto de Casta Vazqueña la heterogeneidad es sin duda la seña de identidad más apreciable y este factor de disparidad está vinculado principalmente a la gran variedad de pelajes presente en las ganaderías de este origen.

 

Así los toros vazqueños son como el arco iris de la raza de lidia. Reúnen todas las variaciones cromáticas conocidas en la misma e incluso algunas veces ofrecen algunas tan peculiares y difíciles de describir, que ponen a prueba los conocimientos de los técnicos más versados en la materia y de los propios vaqueros y mayorales.

 

La mezcla de pelajes básicos y accidentales es tan amplia y tan caprichosa que ha permitido la existencia de ganaderías en las que se hacía prácticamente imposible encontrar dos toros de idéntica pinta.

 

Por eso siempre los vacunos vazqueños han constituido un espectáculo visual por su sola presencia, antítesis de la monotonía generalizada e impuesta por la hegemonía de las capas negras. Toros para ver y admirar como lo que son, un capricho de la madre naturaleza.

 

En el conjunto de las ganaderías vazqueñas se dan pelajes ensabanados, albahíos, jaboneros claros y Sucios, barrosos, cárdenos claros y oscuros, melocotones. colorados y retintos, tostados, Castaños, salineros, sardos, negros, berrendos en negro, berrendos en colorado, berrendos en castaño, berrendos en cárdeno, berrendos en jabonero, berrendos en tostado y hasta algunos tan difíciles de encontrar como el berrendo en salinero o el berrendo en sardo.

 

Además, las pintas berrendas pueden ser del tipo aparejado o del capirote, luciendo estas últimas la mancha oscura a lo largo de la cabeza y el cuello, e incluso también y, más raramente, aparecen algunas berrendas remendadas.

 

Esta variedad de pintas se puede ver acompañada además por múltiples combinaciones de la práctica totalidad de accidentales que se conocen en el vacuno de lidia, ya sean de carácter general o regional.

 

Entre los primeros son muy frecuentes el alunarado, aparejado, chorreado en morcillo, chorreado en verdugo, entrepelado, mosqueado, nevado y salpicado, dándose también el anteado, lavado, burraco y estornino.

 

Dentro de las particularidades de la cabeza y el cuello destacan el capirote, caribello y gargantillo, así como las manchas blancas en la frente y cara de las reses (careto, estrellado, facado y lucero). Igualmente se aprecian los accidentales típicos de los ojos (ojalado, ojinegro, ojo de perdiz y zarco) y de la boca (bociblanco, bocidorado y bocinegro).

 

En el tronco los más frecuentes son el bragado, bragado corrido, axiblanco y meano. También abundan los albardados, aldinegros, girones y lombardos, dándose algunos aldiblancos y cinchados.

 

En las extremidades abundan botineros y calceteros, siendo menos frecuentes los calzones, mientras que en la cola aparecen coliblancos, rabicanos y rebarbos.

 

Al margen de la diversidad de pelajes, rasgo más característico de la Casta Vazqueña, los vacunos de este origen son de talla media, anchos, musculados y un poquito bastos de tipo. Su piel es más gruesa que la de la mayoría de los vacunos de la raza y está cubierta por pelos largos y generalmente muy rizosos.

 

Su condición de animales foscos se aprecia sobre todo en la cabeza de los machos, donde los rizos se distribuyen por la frente, cara y carrillada. Con mucha frecuencia se extienden por el morrillo y las tablas del cuello, llegando incluso hasta las paletillas (astracanados).

 

La cabeza es más bien voluminosa, ancha y frecuentemente alargada, con perfil cefálico recto o ligeramente acarnerado. Los ojos son grandes y resultan especialmente llamativos en los ejemplares de pintas claras, sobre todo en los jaboneros donde se produce un contraste muy curioso entre la coloración cremosa de la pinta y la negrura de los órganos visuales. Así, estos últimos parecen aún de mayor tamaño e irradian una mirada que resulta inquietante e intimidatoria para los toreros.

 

La imagen de seriedad que le otorga a los toros vazqueños su condición de foscos y la peculiaridad de su mirada se completa con el aspecto de sus encornaduras, que suelen alcanzar buen grado de desarrollo, son de grosor medio y variadas de coloración, predominando los astisucios y los astinegros, pero también son frecuentes los astiblancos y los astiacaramelados, apareciendo estos últimos en los ejemplares jaboneros y colorados.

 

En general abundan las encornaduras altas o en forma de gancho, acabadas en pitones finos. Así se dan muchos toros bien armados y también veletos, comideanteros, corniapretados y abrochados.

 

El cuello tiene una longitud media en relación con el conjunto de la raza dándose también ejemplares que lo presentan más corto que la media. El morrillo suele ser muy desarrollado y prominente, acompañado por abundantes rizos. La papada alcanza un tamaño medio, mayor en los ejemplares derivados de Concha y Sierra, aunque no resulta tan excesiva como la de los vacunos oriundos de Parladé.

 

El tronco es ancho y el pecho profundo, de forma que el tercio anterior suele estar más desarrollado que el posterior, aunque éste tampoco es pobre. La línea lorso-lumbar puede presentarse recta o un poco ensillada, la grupa es ancha y redondeada y el vientre apreciablemente voluminoso.

 

Las extremidades son más bien cortas, anchas y fuertes, y la cola larga, con el borlón generosamente poblado y de grosor medio.

En conjunto resultan corpulentos, vistosos y de buen trapío, contribuyendo a esta última característica de forma decisiva la variedad de sus pelajes y la seriedad de su cara fosca. Tienen un aspecto típico de toros antiguos, aunque no parezcan tan fieros e intimidatorios como los “miuras”.

 

Aunque el prototipo morfológico general de los vacunos vazqueños se corresponde con estas características, existen algunas diferencias entre los ejemplares derivados de la línea de Veragua y la de Concha y Sierra.

 

Esta circunstancia no tiene nada de particular, sobre todo si se considera que ambas han permanecido separadas desde hace casi ciento setenta años, evolucionando cada una de modo diferente.

 

Así, los ejemplares derivados de la rama de Veragua presentan un predominio de pelajes jaboneros en toda su extensión (albahío, jabonero claro, jabonero sucio, barroso e incluso perlino) y negros. Los colorados, castaños y berrendos aparejados (en negro, en cárdeno, en jabonero y en colorado) suelen ser habituales, pero menos frecuentes que los anteriores. Lo mismo ocurre con ensabanados, cárdenos y melocotones, mientras que los sardos y salineros apenas aparecen entre los “veraguas” actuales.

 

Su cabeza es un poco alargada y ancha de sienes. Los ojos son grandes, el morro es igualmente amplio y las orejas presentan tamaño medio.

En la rama de Concha y Sierra los pelajes más significativos son el salinero, el sardo y el negro. También abundan cárdenos, colorados, tostados, castaños y berrendos, pero estos últimos suelen ser del tipo capirote. Los ensabanados son igualmente típicos, aunque no tan abundantes. Mucho más raros son los melocotones, mientras que los jaboneros no se dan en esta rama, salvo excepción.

 

Dentro de la variedad de accidentales presente en los ejemplares de uno y otro origen, hay mayor predominio de las manchas blancas en los derivados de Concha y Sierra, destacando por su abundancia el salpicado y en menor medida el lucero, estrellado, careto, gargantillo, girón, calcetero y coliblanco.

 

Las encornaduras también evidencian diferencias apreciables y así, mientras los “Concha y Sierras” suelen ser más cornalones y cornialtos, en los “veragüeños” predominan las encornaduras en forma de gancho y de menor longitud.

 

Los derivados de la rama de Veragua son asimismo un poco más finos de tipo y de menor talla, que los oriundos de Concha y Sierra, que son más altos, más bastos de tipo y generalmente aleonados.

 

 

Las vacas Vazqueñas

 

Las hembras derivadas de esta Casta son de talla media, pero proporcionalmente más grandes que las restantes que se consideran como mediolíneas.

 

Las vacas “vazqueñas” son corpulentas, largas y de buena alzada. Ofrecen una imagen recia y son menos finas por lo general que las pertenecientes a los prototipos más modernos y evolucionados de la raza de lidia, luciendo la misma Variedad de pelajes y accidentales que los machos.

Su cabeza es un poco alargada y ancha de sienes. Los ojos grandes, el morro es igualmente amplio y las orejas presentan tamaño medio.

Las encornaduras son bastante finas en su base, desarrolladas y acabadas en pitones finos. Abundan las cuernas bien puestas, veletas, corniabiertas, corniapretadas, corniabiertas e incluso abrochadas. Los ejemplares gachos son menos frecuentes.

 

El cuello tiene una longitud media, la papada es de desarrollo medio y el pecho es profundo, con los costillares largos. La línea dorso-lumbar aparece ligeramente ensillada y el vientre es algo prominente.

 

La grupa es ancha, las ubres amplias y desarrolladas, apreciablemente mayores que la de la mayoría de las hembras de la raza de lidia, lo que convierte a las vacas “vazqueñas” en magníficas criadoras. Su cola es larga y de grosor medio, mientras que las extremidades son fuertes y proporcionalmente más largas que las de los machos.

 

Las derivadas de la rama de Veragua suelen ser más finas y estar mejor hechas que las procedentes de Concha y Sierra, que son más altas y corpulentas.

 

En las primeras imperan los pelajes jaboneros y negros, siendo minoritarios los berrendos (principalmente en negro, en cárdeno y en jabonero), melocotones, colorados, castaños, tostados y ensabanados. En las hembras derivadas de Concha y Sierra son especialmente significativas las pintas negras, sardas, salineras. Muy abundantes también las cárdenas y tostadas, coloradas y castañas, acompañadas por frecuentes salpicaduras, y menos frecuentes las berrendas (en negro, en colorado y en castaño) y ensabanadas.

Las berrendas derivadas de Veragua suelen ser aparejadas y las “Concha y Sierra” del tipo capirote. El berrendo en negro es el más frecuente en ambas ramas. Al igual que ocurre con los machos, los accidentales que acompañan a las diferentes pintas son más abundantes y variados en la rama de Concha y Sierra.

 

 

El comportamiento de la Casta Vazqueña

Todos los ganaderos que mantienen en sus respectivas explotaciones reses de origen vazqueño coinciden en destacar su innata agresividad y su difícil manejo en el campo. Como la mayoría de los vacunos de lidia, los ejemplares vazqueños suelen ser muy peleones especialmente a partir del tercer año de vida. El desarrollo precoz y la corpulencia que adquieren con relativa rapidez los utreros, les llevan a medir fuerzas con sus hermanos de camada constantemente y lo que empieza muchas veces como un juego, se va complicando y llega un momento en el que las peleas adquieren un grado de virulencia considerable. Si le es posible y no resulta herido de gravedad, el animal vencido huye llevándose por delante las alambradas y todo lo que encuentra a su paso, siendo muy difícil de controlar. Estos ejemplares constituyen un peligro añadido para las personas encargadas de su manejo, ya que se emboscan con frecuencia y se arrancan de improviso a quien se aventure a entrar en el espacio que ocupan, desconociendo SU presencia

 

Entre los toros estos combates tal vez no son tan frecuentes, aunque sus consecuencias son mucho más dramáticas y el número de bajas es sensiblemente mayor.

 

En los cercados donde se albergan los cuatreños no existe apenas sensación de tranquilidad. Los toros tienen un aspecto malhumorado, se hermanan poco en general y se distribuyen el territorio dentro del recinto, ocupando cada uno una zona determinada, donde salvo excepciones no suelen permitir que entre otro de sus hermanos de camada.

 

Igualmente plantean muchas dificultades a la hora de apartarlos para embarcarlos con destino a alguna plaza o cuando se pretende cambiarlos de cercado. Son bastante cabezotas y se resisten a ir por donde se les obliga en contra de su voluntad. Además están dispuestos a arrancarse en cualquier momento, desde lejos y sin provocación previa, circunstancia que complica aún más su manejo.

 

Las vacas evidencian un comportamiento mucho más gregario que el de los machos y son considerablemente menos agresivas que aquellos, destacando por sus excelentes aptitudes maternales.

 

Para la lidia los vacunos vazqueños resultan muy espectaculares de salida, rematando en tablas y empleándose en el primer tercio, aunque esta característica siempre ha sido motivo de polémica ya que hay quien cree que no son realmente tan bravos, sino que mantienen una tendencia muy acusada hacia las tablas y empujan al caballo porque es el obstáculo que se interpone en su querencia.

 

Sea como fuere, este comportamiento propicia la posibilidad de que reciban mayor cantidad de castigo por parte de los picadores e influye negativamente de cara a los restantes tercios de la lidia.

 

Los buenos ejemplares vazqueños embisten con nobleza a la muleta y, a pesar de no tener mucha duración y no admitir muchos pases por su tendencia a aplomarse, propician el triunfo de los toreros. Por el contrario, aquellos que no dan buen juego se paran mucho antes y empiezan por quedarse cortos y defenderse, bien punteando los engaños, bien echando la cara arriba e incluso desarrollando sentido y dificultando la labor de los diestros.

 

No obstante, este comportamiento prototípico de los vacunos vazqueños tiene en la actualidad considerables diferencias influidas por el tipo de selección practicada por cada uno de los ganaderos que mantienen los escasos núcleos de esta Casta que existen aún.

 

Casta Vazgueña en la actualidad

 

Las principales virtudes que tradicionalmente adornaron el comportamiento de los ejemplares vazqueños fueron su bravura y entrega durante el primer tercio de la lidia y su nobleza en las faenas de muleta. Nunca fueron reses especialmente complicadas, incluso en la época en que la mayor parte lo eran y su principal inconveniente ha venido radicando en su tendencia a pararse en las faenas de muleta admitiendo pocos pases.

 

Efectivamente, los ejemplares vazqueños tenían desde tiempos antiguos cierta tendencia a aplomarse, derivada del desgaste físico sufrido en la pelea con los picadores y esta circunstancia jugó especialmente en su contra a partir del primer tercio del siglo XX.

 

Cada vez comenzó a exigirse en la Fiesta un tipo de toro con mayor duración, que soportase faenas de muleta más largas. El tercio de varas perdió definitivamente su hegemonía conforme cobró un progresivo desarrollo la parte final de la lidia. Esta circunstancia colocó poco a poco en un trance de regresión las ganaderías vazqueñas y dio el impulso definitivo a las derivadas de Vista-hermosa.

 

Aún siendo cada vez más minoritarias lograron mantenerse en los carteles sin excesivos problemas hasta los años sesenta, pero las exigencias cualitativas de los toreros aceleraron su regresión a partir de entonces y prácticamente las borraron del mapa durante las dos últimas décadas del siglo XX.

 

Con esta perspectiva es casi un milagro que aún sobrevivan unas pocas vacadas de este origen, de forma que la Casta Vazqueña superviviente en los comienzos del siglo XXI se limita a pequeños núcleos más o menos dispersos entre otras procedencias ganaderas y que se mantienen de forma casi inexplicable.

 

En los últimos cincuenta años han desaparecido la mayor parte de las vacadas de origen vazqueño que había en nuestro país, o bien sus propietarios las han eliminado y reemplazado por efectivos de otras procedencias más comerciales o más acordes con las demandas del mercado taurino.

 

De las más de mil ganaderías de lidia existentes en España, en poco más de media docena se aprecia al día de hoy una influencia vazqueña considerable y además algunas de ellas pueden desaparecer en breve.

 

 

Encastes creados por cruces con la Casta Vazqueña

 

Durante el siglo XIX y comienzos del XX muchos ganaderos han ensayado diversos cruces con ejemplares derivados de Casta Vazqueña y de otros orígenes diferentes, aprovechando la buena condición de los animales para este tipo de iniciativas, a la vista de los resultados que se conocen.

 

La mayoría de estos cruces han contribuido a la creación de ganaderías tan peculiares como pueda ser la de Molero, recientemente extinguida. Otras veces, la base vazqueña ha servido para la realización de cruces por absorción como el realizado a partir de la vacada de Veragua en la creación del encaste Domecq, donde la línea materna se conserva reducida a una pequeña expresión y difuminada bajo la influencia absolutamente predominante del origen Tamarón-Conde de la Corte-Mora Figueroa.

 

Finalmente, algunos de estos cruzamientos han quedado fijados en una morfología y un comportamiento característicos, extendiéndose por distintas ganaderías y perdurando en el tiempo, hasta recibir la consideración de encastes perfectamente diferenciados de los restantes y de las propias líneas parentales que han posibilitado su creación. Este es el caso de los encastes de Hidalgo Barquero y Vega Villar, minoritarios en la actual cabaña brava española pero de considerable importancia en el conjunto de la raza de lidia. (Ver encastes creados por cruces con la Casta de Vistahermosa).

 

Del libro “Prototipos raciales del toro de lidia”  del Ministerio de Agricultura.

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