Opinión: El camino del guerrero

DE SOL Y SOMBRA


Por Rubén Amón.

“Que se den prisa, que el cuerpo se me escapa”. Así agonizaba Iván Fandiño sobre la arena. Así le confiaba al compañero Thomas Duffau la sensación de abandono. Se le escapaba el cuerpo al maestro vasco.

Se le escapaba la vida. Y la escena de los toreros llevándolo a la enfermería parecía una “pietà” de oro y de sangre. No se lo podía creer Jarocho, plata de ley, salario del miedo, contrariado otra vez en las circunstancias de apremiar el traje deshabitado de un compañero exánime. Ya le había tocado hace menos de un año trasladar el cuerpo de Víctor Barrio al hule. Se le repetía la escena con una crudeza insoportable. Y se demostraban inútiles las cadenas de oro y las vírgenes, las plegarias de la capilla. Dios no podía apiadarse del sacrificado. Es la regla de la eucaristía.

Ya le llegará la resurrección a

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