DE SOL Y SOMBRA


A primeras horas de la atardecida de ayer, cuando media España (o casi toda ella) futboleaba con euforia y alborozo, no por el triunfo de su equipo, sino por la derrota o no victoria del equipo rival, me hiela el corazón la noticia de la derrota más cruel, injusta, dramática y dolorosa que, en el momento actual, podía encajar este pequeño, fantástico y generoso mundo de los toros: Ha muerto Adrián.

Ha muerto Adrián, con ocho añitos, porque en el día después del Viernes de Dolores el negro toro de una horrible enfermedad lo tenía acorralado contra las tablas, unas tablas de salvación ensambladas por la ilusión, el cariño y la esperanza que se han hecho demasiado altas para su menguada estatura y demasiado febles para el certero hachazo del infame cáncer.

La muerte es terca. Inapelablemente terca. No pide partida de nacimiento ni carné de identidad. Pero no…

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