Del toro al infinito
 
El Toreo es emoción, y si no hay emoción es como ir a un espectáculo de humor en el que no te ríes; ¿dónde está el humor? nos preguntaríamos. Lógicamente no volveríamos a ese espectáculo; pues igual pasará con los Toros
 
 
La falta de emoción acaba con la afición

Rafael Comino Delgado

Catedrático de la Universidad de Cádiz

Ya se han celebrado las tres primeras ferias de la temporada (Valdemorillo, Olivenza, Valencia) y, al menos yo, tengo la impresión de que han salido demasiados toros faltos de la casta, la fiereza, incluso la fuerza necesarias para generar emoción, que en definitiva es lo que busca el aficionado.
El Toreo es emoción, y si no hay emoción es como ir a un espectáculo de humor en el que no te ríes; ¿dónde está el humor? nos preguntaríamos. Lógicamente no volveríamos a ese espectáculo; pues igual pasará con los Toros. Si vamos a una corrida buscando emoción, que luego no encontramos y eso sucede frecuentemente, lo más probable es que no volvamos, salvo los muy aficionados, de ahí que yo diga: ¡La falta de emoción acaba con la afición!
La emoción en el Toreo se genera mediante la estética y el riesgo, la épica. Para que haya estética el toro tiene que reunir unas cualidades de bravura y calidad en la embestida, que permitan al artista crear belleza, y para que haya épica el toro ha de expresar fiereza, riesgo. Bien entendido que cualquier toro, incluso el que parezca menos ofensivo, puede pegar una cornada pero, insistimos, si no hay emoción la Fiesta se viene abajo.
Naturalmente lo ideal es conjuntar, en el mismo toro, ambas cosas, calidad y fiereza, pero ello no siempre se logra. Sabemos que toros con mucha calidad y mucha casta saldrán pocos, pero creemos que es posible disminuir el número de los que salen con demasiada falta de casta, de fuerza. Oigo demasiadas veces a toreros decir, ¡yo con que se mueva me conformaría! ¡por lo menos que se mueva; yo pondré lo demás!
En general, los ganaderos van seleccionando siempre en función de lo que piden los toreros, y a su vez estos piden el ganado con el que creen tienen más posibilidades de triunfo, en definitiva satisfacer al público, pero la resultante, actualmente, es que se va buscando mucho la clase, la calidad, y en ese equilibrio dificilísimo entre clase y casta disminuye la segunda, con lo que el toro frecuentemente sale demasiado pastueño, demasiado dulzón, no trasmite épica al aficionado, como fue el caso del segundo toro de el Fandi, en Valencia el pasado día 17. Tenía una calidad inmensa, pero no trasmitía riesgo.
Aun así este puede ser un mal menor, porque ha habido toros, en las mencionadas ferias, que no es que no transmitiesen riesgo, es que transmitían gana de bajar y ayudarles a tenerse de pie, eran inválidos; a la primera serie de muletazos ya les faltaba el aire, les faltaba vida, no podían moverse.
Es una realidad que hemos visto demasiados toros con los que el torero estuvo muy bien, pero solo pudo cortar una oreja porque la faena no trasmitió emoción intensa a los tendidos.
Por eso pensamos que son muchas las amenazas que se ciernen sobre la Fiesta de los Toros, pero de todas ellas la que nosotros vemos más peligrosa es la falta de emoción. Que los públicos y los aficionado acaben por no acudir a las plazas porque no se les de lo que buscan, ¡emoción!
Sin embargo el solucionar esta amenaza está totalmente en manos de los profesionales del Toreo (ganaderos, empresarios, toreros), mientras que con respecto a otras amenazas los profesionales poco pueden hacer, son más bien temas políticos.
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