“…tanta culpa tiene quien pita como quien cede su campo a sabiendas de que se pitará. Si nadie cediera su estadio y si el Rey no fuera al campo, si siempre que llegara el Barça a una final hubiera que jugarla en el Camp Nou… quizá nos cantara otro gallo. Quizá. Pero aquí hay mucha labia y poca cresta…”
 
Si yo fuera el Rey no iría a la final
 
Ayer se supo oficialmente que el estadio Vicente Calderón albergará de nuevo la final de la Copa del Rey de fútbol. A esta decisión se ha llegado por descarte (Real Madrid y Athletic Club de Bilbao no podían ceder el Bernabéu y San Mamés por obras y concierto de Guns N’Roses respectivamente, y el Alavés no quería jugar en el Camp Nou) y porque los propietarios del Atlético de Madrid ofrecieron en su día su campo para que se jugase allí este partido. Los propietarios del Real Madrid, que siguen siendo sus socios, no quieren por muchos y variados motivos que en su campo vuelva a jugarse una final copera, pero los dueños del Atleti, que son los Gil y Cerezo, sí quieren: se acabó la discusión. O no, porque una parte de la afición colchonera tampoco quiere que la final se juegue allí, aunque no porque pueda pitarse el himno nacional e insultarse a Felipe VI sino porque el último partido que verá el Calderón será un Barcelona-Alavés.
En esto de la final de Copa hay una especie de protocolo que todos aceptamos íntimamente que, tarde o temprano, se va a producir; un protocolo en el que es imprescindible que llegue a la final el Barça o, en su defecto, el Athletic Club. Si llega el Barça es sabido que, a través de medios afines, se sugerirá que el partido se juegue en el Bernabéu; que luego se argumentará en favor de dicha sugerencia tanto la ubicación del campo como su capacidad e, incluso, el bien que hará a los comerciantes de la ciudad que la final se celebre en la capital; se sabe que el Real Madrid, que es público y notorio que no quiere ceder su campo, dará la callada por respuesta y que Joan Gaspart saltará a la palestra a decir un montón de bravuconadas; y, una vez confirmado el estadio, el último paso de este protocolo será debatir acerca de la necesidad de suspender el partido si se pita el himno nacional. Estamos ya en este punto.
Bueno, no es del todo exacto. El último paso se producirá cuando se pite el himno nacional (porque se pitará) y se insulte al Rey de España (porque se le insultará) y absolutamente nadie haga nada, cuestión ésta (a la de la petrificación del palco y la impasibilidad de las autoridades me refiero) que valdrá para que servidor de ustedes haga un artículo en absoluta soledad criticando dicha actitud, más que nada porque el resto del periodismo deportivo mirará hacia otro lado o hablará por comodidad del 4-4-2. Hoy quiero introducir una novedad para que sirva (o no) como reflexión: tanta culpa tiene quien pita como quien cede su campo a sabiendas de que se pitará. Si nadie cediera su estadio y si el Rey no fuera al campo, si siempre que llegara el Barça a una final hubiera que jugarla en el Camp Nou… quizá nos cantara otro gallo. Quizá. Pero aquí hay mucha labia y poca cresta
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