La paseata

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En fila de dos en dos acudíamos todos los domingos a misa. Una serpentina de críos unía el colegio de la Salle con la vecina Parroquia de San Joaquín. Y en esta entrañable iglesia, muchos años después, algunos de aquellos niños nos volvimos a reunir. Esta vez, en oración por el alma del Hermano Fulgencio Andrés y, como brisa de aire dulce, como haz de luz que se colara a través de las celosías, la misma alegría infantil de aquellos años se apoderó de nuestro ser, quizá porque el grato recuerdo de entonces, irá siempre acompañado de la figura de este hombre bueno; quizá porque el Hermano director, desde el cielo, entre acordes de su viejo armonio, como siempre hizo, nos sigue infundiendo el mismo ánimo de bondad y paz interior. Quizá porque el agradecimiento sólo se puede dar desde un corazón feliz. Felicidad y gratitud que se siente al…

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